Es probable que en la gran ciudad no se aprecie, pero en un pueblo casi vacío, donde lo más que el oído puede apreciar es el aullido de algún lobo o el mugir de alguna res allá a lo lejos, en la sierra, el canto de un violonchelo intenta expresar toda esa soledad existencial, para no sentirse ahogado ante tan imponente inmensidad y misterio que la noche arropa en su seno infinito. El tono de do menor siempre lo he visto de color negro, ese negro de la noche, que nos visita después de cada día; y es por eso que la pieza comienza y termina en do menor, lenta, exaltada e intensa hasta el paroxismo.

 

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